Pasarela de poemas es un poemario de contrastes, escrito con una sencillez y sensibilidad que conmueve al lector; por sus páginas desfilan poemas que acarician como el susurro del amado y otros de una hondura desgarradora.
Los poemas se ordenan en dos apartados:
“Temporada primavera-verano”, con poemas ligeros, sutiles y luminosos, y “Temporada otoño-invierno”, con versos tupidos e intensos.
Con un estilo vivo y transparente, la autora retrata la realidad femenina unas veces frágil, otras duras y contundente.
Sustanciar la palabra con el misterio y el asombro, derribando los muros de la melancolía y las huellas que el tiempo va dejando en nuestro ánimo, es lo que ha logrado la autora de este libro genuino y sincero, Pasarela de poemas, un libro de versos tallados mansamente, sin aristas de miedo, por un buril gozoso que logra extraer la luz de lo sombrío, consiguiendo con ello el fulgor de lo inefable: el temblor de una llama en la más densa oscuridad. La verdad resplandece cuando se unen los contrarios, como podemos percibir aquí, en cualquier verso o poema de este libro. El dolor y el amor, la ternura y el afecto, la cálida entrega a la imagen de la madre en sus años ancianos, la dedicación espléndida, generosa y profunda, a la figura del amado, el temor al vacío insondable de la muerte, la pasión por la tierra y el campo, la niñez, la identidad feliz de una mujer que lucha en un mundo machista e insolidario con la gente más débil, la luz, en definitiva, abriéndose paso entre la desesperanza, la herida del tiempo en los pasillos de la sangre, son temas que toca este poemario sobrio y épico como un campo de trigo en medio de una tempestad.
Algunos poemarios, como le sucede a este de María del Carmen Álvarez Marín —que es una hermosa pasarela de emociones e ideas labradas por la luz que habita en el frío—, están llenos de espacios cubiertos de un silencio que le habla al lector sin que este apenas lo perciba, a través de un lenguaje insonoro, diamantino, donde nada disuena y todo es sigiloso como el agua que brota desnuda entre las piedras de un terreno arcilloso tiñendo de alegría la tierra cubierta de olvido y humedad. Dentro del silencio, no en balde, hay una música de sedosos murmullos y sollozos apaciguados, de ecos que nos trasladan mansamente, de un modo sencillo, al temblor de la niñez:
“Cuando despertó mi alma / dormida de niña, / me dolió / la parte más íntima, / esa que se esconde / en el interior del baúl…”, nos dice la autora en un fragmento del poema que abre esta fabulosa galería en la que la poesía ya no es música, sino olvido y recuerdo, dolor, silencio y luz. La lírica voz de María del Carmen consigue fundir el sonido taciturno de los pasos de invierno, rozados por la lluvia, el viento y el frío, con los silbos lumínicos de la primavera en una sustancia poética genuina que traspasa la orilla de lo cotidiano, adquiriendo un sentido mágico y simbólico, un tono sublime que cava en lo profundo de nuestras ideas y nuestras emociones avivando así un magma de olvidos y recuerdos, una ebullición mansa de abrazos y de adioses, de hermosos reencuentros y también de deserciones, donde, al final, borbotea el puro amor y destella la esencia de la autenticidad.
Cuando uno se adentra en esta pasarela por la que desfilan poemas como, por ejemplo, los titulados “Quisiera”, “Escrito llevo tu nombre”, o “Veo el agua en tus pupilas”, acaba atrapado por el tono seductor de una poeta que escribe a dentelladas luminosas y esbeltas, mostrándonos la imagen de una mujer transparente como el cuarzo, también dura como él, aunque, en ocasiones, frágil, cuando le habla al esposo, o compañero, en un tono romántico, sereno y seductor:
“Cuando no me ves / siento una asfixia transparente”, para luego, en seguida, volver a retomar su fuerza genuina de auténtica mujer y adquirir nuevamente la esencia luminosa de la piedra de cuarzo sin resquebrajaduras, cuando escribe estos versos: “Ay, este corazón envejecido / que se aburrió de esperarte… / Siempre me ha derrotado el amor, / pero ahora ya no es Siempre,/ ni Mañana será Hoy”. Este tono amoroso, íntimo, sencillo que fluye y discurre a lo largo del poemario como un cauce estival de aguas cristalinas, es la sublime sustancia de este libro, un poemario sincero y valiente como pocos, dividido en dos partes, “Temporada primavera-verano” y “Temporada otoño-invierno”, muy bien conectadas por la delicadeza, el temblor luminoso y la hondura emocionada que rebosa la voz poética genuina de María del Carmen Álvarez Marín, una mujer de cuarzo transparente que escribe unos versos sólidos y auténticos, a veces cubiertos por la pátina del frío, el silencio y la ausencia, pero siempre revestidos por la sustancia lumínica y hermosa del amor que gravita desnudo, sosegado, en las estancias azules,